Respira


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Intenta que con cada respiración, cuando sueltes el aire, las lágrimas no se sumen a la fiesta deseando salir todas a la vez.

Son casi las 4 de la tarde. Del presente, mi presente. Ese al que no hace ni un día una simple foto tuvo el favor de devolverme. Una foto en la que estabas tu. Acompañado. Con una sonrisa que conozco muy bien… me bastó verla para que de repente todas las piezas se alinearan, hasta formar el puzzle que tanto tiempo había tenido incompleto y con piezas que no encajaban. Mi error ha sido intentar encajarlas a la fuerza.

Está la pieza de que llegaras un viernes cualquiera para ti. Porque para mi fue el viernes en el que mi vida dio un giro de 90 grados. No cambió todo, pero empezó a hacerlo: respuesta positiva de mi primer trabajo extranjero, noche de cena con amigos, segunda respuesta positiva de un trabajo, y al despertar la mañana siguiente, el mensaje de un guapo desconocido que había aparecido de la nada y ya me estaba recibiendo con una sonrisa, justo cuando más necesitaba de una sonrisa.

Luego está la pieza de que la segunda noche de conocerte, me dijeras Te Quiero, te respondiera que “no puedo decirte lo mismo”, y lloraras de impotencia. Te dejaste llevar por el efecto embriagador del alcohol, es cierto, pero también llevabas mucho tiempo creyendo que eras el patito feo de un cuento en el que no conseguías ser el protagonista por más que te esforzabas. Para ti yo di un frenazo en seco a partir de ahí, creíste que no me gustabas. Y lo único que no me gustaba era el miedo a meterme en una relación en la que alguien me decía que me quería sin conocerme. Porque lo que de verdad reconforta, como habrás podido adivinar después, es que te digan te quiero precisamente por lo que conocen de ti, pero sobre todo a pesar de lo que la otra persona conoce de ti.

Llegó después la pieza de la dependencia, en la que cada uno jugamos a ser la cara opuesta de una misma moneda. Uno, el que demandaba cariño y afecto. Otro, el que de vez en cuando lo ofrecía. Y cuando lo ofrecía, le venía de vuelta lo ofrecido multiplicado por mil. No éramos más que dos dependientes, uno de tener alguien que le diera unas migajas que dieran sentido a su vida, el otro de tener a alguien que le dijera te quiero cuando ni él se quería a sí mismo. Ambos sabemos cual fue el papel de cada uno.

La pieza de la dependencia no vino sola, la acompañaron algunas más. Como la del miedo, que hacía que te callaras cosas que no te gustaban por miedo a perder lo que tenías. O la de la resignación, que te llevaba a aceptar reacciones que no te gustaban con la esperanza de que cambiaría. O la de la indiferencia, que era la pieza con la que jugaba yo para no involucrarme al 100% en una relación por miedo a que me hicieran daño de nuevo, por miedo a exponerme y mostrarme vulnerable. Porque da igual las veces que te digan te quiero, la que importa es la que te crees. Y es difícil creer que te quieren cuando en el fondo no te quieres ni a ti mismo.

Hasta aquí la mitad del puzzle. En este punto, aún estamos a tiempo de escoger bien las piezas para que el resultado final se pueda colgar en el centro del salón de nuestra casa. Estas fueron las piezas que escogimos:

Empecé yo escogiendo la del estancamiento. En lugar de evolucionar me acomodé en el “tengo pareja” y con eso me bastaba. Parecía que con decirlo era suficiente para que te mantuvieras ahí, como el que pretende que una planta siga viva solo porque la ve todos los días en el salón de su casa y de vez en cuando piensa “qué bonita es”. Hay que regarla. Echarle abono. Cambiarla de sitio. Y no solo pensar “qué bonita es”… decírselo.

Luego tu escogiste la pieza del “exploto con todo y por todo”. Un día cualquiera de diciembre, tumbado en el sofá, por un motivo trivial, te levantaste a hacer la maleta e irte. Ahí me enteré de todas las frustraciones, males y rencores que llevabas amontonando en la pieza de la resignación durante demasiado tiempo. Todos me estallaron en la cara de tal forma, que mi única reacción fue no reaccionar: me quedé bloqueado y lo solo pude llorar. Como nunca lo había hecho contigo. Como hacía mucho tiempo que no hacía.

Después empezó el baile de las piezas reversibles. Tú me dejas, yo te busco y volvemos. No sé cuantas veces la usamos, cada uno usando una cara de la pieza (y cada uno usando siempre la misma cara). Pero cualquiera que lo viera desde fuera vería que se mascaba la tragedia: la relación empezaba a estar sentenciada de muerte. Llegados a este punto, solo una pieza podía resolver el puzzle: la de la montaña rusa.

Esta es una pieza que define, de hecho, cuál va a ser el resultado de una relación, al menos dentro de lo humanamente predecible, y es una pieza que escogemos los dos (y en la que dependiendo del papel que escojamos, se puede predecir el resultado). Estamos en el inicio de una montaña rusa. Delante de nosotros, una enorme cuesta de raíles se impone para marcar la primera subida, la que precede a la primera y más excitante bajada de cualquier montaña rusa. Yo me monto en la vagoneta, y tu te colocas detrás y te pones a empujarla. Al principio pesa poco y la empujas con fuerza y con ganas, pero conforme la cuesta se va inclinando, se te empieza a hacer pesada. De vez en cuando te paras, a veces pensando en abandonar, pero temes que al soltar la vagoneta te aplaste y te haga daño, y al mismo tiempo tienes tantas ganas de llegar a la cima para montarte y disfrutar de la bajada juntos, que sacas fuerzas de flaqueza y sigues empujando. Cuanto más nos acercamos a la cima, más emocionado estoy yo, más te miro con cara de “estoy deseando que lleguemos a la cima y te montes”, pero más cansado y enfadado estás tu. El momento llega, estamos en la cima, y la vagoneta se detiene. Te montas, completamente magullado y cansado, te miro con ojos emocionados y voy a darte un beso, pero estás tan enfurecido que me sacas de un golpe de la vagoneta, me amarras a la parte de atrás, y empieza el descenso… contigo dentro, y conmigo golpeándome con todos y cada uno de los tablones que forman los raíles. Conforme la velocidad aumenta me voy destrozando cada vez más, mientras te pido ayuda a gritos, recibiendo una sonrisa socarrona como respuesta… “¡te jodes!”. Luego se van alterando momentos de subidas en los que puedo descansar un poco, (aunque observo que tu en vez de mirarme a mi, estás mirando a los laterales, quizás buscando a alguien con quien montar de nuevo en la montaña rusa), con momentos de bajadas en los que vuelvo a destrozarme, cada vez menos porque las bajadas son menos intensas. Llegados al final del recorrido, te bajas de la vagoneta y me preguntas cómo estoy haciendo el amago de irte. Me ves tan destrozado que por mera caridad decides ayudarme, intentar sanar las heridas, pero nada de lo que haces tiene efecto. Así que decides alejarte y llamar a quienes puedan ayudarme para que vengan en mi socorro. Destrozado, observo como por el camino mientras te alejas, te encuentras a alguien nuevo, os dais la mano, y os volvéis de nuevo a la vagoneta. Antes de subir, os hacéis una foto pero tenéis tanta prisa por montaros que no esperáis a recogerla. Segundos después, conmigo de espaldas a la vagoneta tirado en el suelo, mientras escucho el ahora para mí fatídico sonido de los raíles chirriando de nuevo, la máquina escupe la foto que llega deslizándose hasta ponerse justo delante de mi. Sois vosotros dos. Abrazados. Sonriendo. Con esa sonrisa tuya que conozco tan bien… y que nada más verla lo dice todo. Ahí veo, nítidas, las uniones de todas las piezas del puzzle que hemos formado.

En ese momento varias personas me ayudan a levantarme y una voz familiar me dice “¡Respira!”, mientras yo intento que las lágrimas no salgan todas de golpe cuando suelto el aire.

¿Desde cuando a las montañas rusas hay que empujarlas? Van a motor. Y solo sirven para una cosa: hacerte sonreír, gritar de emoción. Tanto con las subidas, como con las bajadas.

Sigue tu intuición :)


Es curioso el poder de la intuición. Al principio, no le haces caso. Es como algo que te viene a la mente y de lo que dices “bah, no son más que cosas mías”.

Yo soy un hombre de ciencia. No soy de los que se dejan arrastrar por supersticiones, predicciones ni augurios. Tampoco creo en el destino. Pero… a veces la realidad te da una bofetada difícil de ignorar.

Ves a una persona en una foto. Y sólo puedes decir ¡WOW! Acto seguido sientes la impotencia y la rabia de no haber sido tú quien recibió esa foto… y una tormenta de sensaciones invade tu cuerpo. Piensas ¡Qué injusto es el mundo a veces!

Cuando le ves en persona por primera vez, te das cuenta de dos cosas. Primero, que le has conocido de la mano de una persona que no eres tu… luego, no hay mucho que puedas hacer al respecto (salvo seguir tu incuición…). La segunda… que en persona es aún mejor.

Eso sucede la primera noche, mientras tú, vestido de elegante negro con americana, en un bar al rojo vivo, te tienes que ir antes que los demás porque tienes un “compromiso profesional”.

Mucha lluvia después, el aluvión de cosas que has descubierto de esa persona te puede llegar a colocar en un lugar muy, pero que muy complicado. El motivo es tan sencillo como puñetero: resulta que tu intuición nunca te había jugado una mala pasada, y parece que lo que a ti te parecía una suposición sin mucho sentido era realidad: a esa persona le gustabas. Os gustabais mútuamente. Genial… ahora llega la mejor parte.

Sois tan amigos, os entendéis tan bien, y tenéis tanta confianza… que habéis cruzado la línea. La línea que separa el amor de la amistad. Y ya no hay vuelta atrás, por muy enamorado que estés…

Llegados a ese punto, la batalla entre el amigo y el enamorado puede ser endemoniadamente mortal. Pero siempre puede la empatía. Y siempre intentas que el sentido común sea el más común de tus sentidos.

Así que decides que vale más lo eterno que lo superfluo. Y decides seguir queriéndole, pero de otra manera.

“Sabes muy bien que, cuando te miro, hay mucho más. Te entiendo porque he pasado por lo mismo, aunque me encantaría que las cosas hubieran sido de otra manera (ya sabes de cual :p ). Aún así, me quedo con la sinceridad con la que SIEMPRE nos hemos dirigido (y nos dirigimos) el uno al otro. Eres, y por suerte lo sabes de primera mano, de las personas más importantes para mi. Por cada uno de esos minutos, palabras, mensajes y experiencias que compartimos cuando nos vemos, y que muchas veces solo quedan entre los dos. Mi intuición siempre me dijo que a lo mejor, pasaba algo más. Nunca lo dije por respeto a terceras personas que NUNCA me lo tuvieron a mi, pero me siento orgulloso de haberme mantenido íntegro siempre en ese sentido. Ambos hemos pasado mucho, y en gran parte por lo mismo. Ambos, nos deseamos lo mejor. Y, al menos yo, me alegro de tenerte en mi vida y poder compartir y hablar de cualquier cosa que me pase contigo.

Quizás si hubiese seguido mi intuición, ahora mismo estaríamos hablando de cosas más trascendentales… Nunca lo sabré.

En cualquier caso, lástima de quien no te conoce de verdad, realmente no sabe lo que se pierde. ¿Cuantas veces te he dicho que eres genial? ¡Nunca me cansaré de decírtelo! Te quiero mucho :)”

Please don’t go


Supongo que todos tenemos una canción que, como si fuera la banda sonora de nuestra vida, nos suena de fondo cada vez que sentimos que lo inevitable acaba de ocurrir, y encima sin que te dieras cuenta. En ese momento, nada de lo que te diga nadie te sirve. Sólo sentarte, escucharla y dejar que tu cuerpo y tu mente se desahoguen fundiéndose con el sonido.

Ésta, es la mía:

¿Queréis que siga?


Voy a ser breve. Sabéis, los “antiguos del lugar”, que escribo un blog paralelo a este pero oculto. Aún así, os tengo mucho cariño por vuestros comentarios. Sonia, Jesús, etc… no os conozco en persona (aunque me encantaría), pero me habéis ayudado siempre, como mínimo, a mantener la conversación, y las más de las veces, a iniciar un debate constructivo, aunque fuera en contra de lo que yo pensaba.

Os digo todo esto, por que no sé si seguir. Tengo visitas, pero eso no es suficiente. Para mí, el blog ha servido más como reflexión personal, que como ayuda a terceros, y no es lo que quería. Este año ha sido duro, en especial por darme cuenta de lo mentirosa que puede llegar a ser la gente por defender su postura, de modo que ni me siento cómodo escribiendo sobre el tema.

Aún así, siento que me debo a vosotros. Aunque hace mucho tiempo que no se publica música con el blog (después de la crisis el servicio gratuito que la ofrecía cerró), siento que lo que escribo, aunque comentéis pocos, os gusta.

De modo que, aunque suene demasiado complaciente, “Soy gay ¿y qué?” no es sólo mío, es de todos y todas quienes habéis decidido acompañarme, así que tomemos la decisión entre tod@s… ¿queréis que siga?

Carta cerrada


“La posibilidad de poder realizar un sueño es lo que hace que la vida sea interesante”

Imagina que escribes una carta, un día cualquiera de diciembre, a las tantas de la noche cuando vuelves de trabajar en el negocio familiar.Una carta donde dejas volar tus pensamientos, te miras por dentro, y expresas todo lo que sientes, todo lo que anhelas en ese momento.

Esa carta fue carta abierta, y dije muchas cosas que quería y deseaba para mí, aunque no conté todo el trasfondo de la historia, todo lo que me había llevado a pensar así.

Nunca he sido un “gay normal”, al menos no desde mi punto de vista. Siempre he empezado las cosas por el tejado, y he ido a contracorriente de casi todo.

Siendo adolescente, y una vez me había aceptado a mí mismo, en lugar de buscar sexo rápido para experimentar, me declaré a mi mejor amigo. Os podéis imaginar la respuesta (con 16 años), y la reacción. Lo pasé francamente mal, por el miedo a perderlo, ya no quería ningún tipo de relación sentimental: simplemente, que todo volviera a ser como antes. (Lo conseguí, aunque me costó lo mío).

Tuvo que pasar mucho tiempo (nos trasladamos hasta los 21 años) para que besara en la boca al primer chico. No porque yo no lo buscara, sino porque no encontraba gente que me inspirara la confianza para hacerlo, y porque tenía miedo. ¿De qué? Aún no lo sé, quizás demasiadas cosas.

Después hubieron dos encuentros más, uno de ellos mi primero “sexual” (entre comillas porque aquello fue jugar simplemente), hasta que tuve mi primer novio. Primer novio con el que duré casi 3 años, y del que prefiero simplemente no hablar mucho: fue una tortura más que una relación, con sus partes buenas, pero con demasiadas mentiras, peleas, discursiones y desprecios. El valor de un “te quiero” ahí dentro se desvanece como gotas en la lluvia.

Acostumbrado como estaba a todo aquello, tuve miedo incluso de entrar en el chat de chueca (¿os acordáis?), pero un día decidí no hacerme más daño, mirar hacia adelante, y probar. El resultado de aquellas pruebas, ya lo sabéis.

Así las cosas decidí esconderme en mis proyectos, mis estudios, mi trabajo y mis amigos. De vez en cuando le daba alguna oportunidad a bakalas y similares, sin éxito.

¿Y qué es el éxito en este sentido para mí? Que un día vayas a tomar café con un desconocido, y ese desconocido te presente a un amigo.

Que unos días después te encuentres a esos dos conocidos, y descubras en una chupitería que tienes mucho en común con uno de ellos, entre risas, chupitos y conversaciones de Perdidos.

Que dos días más tarde, hagas una fiesta en tu casa, y te des cuenta de que a ese chico con el que tienes tantas cosas en común ya no lo miras igual, hay algo especial cuando le miras a los ojos.

Que poco tiempo después, entre cervezas y discoteca te diga al oido “¿sabes que me encantas?” y te pongas tan nervioso que solo atines a responder un risueño “tú a mi también”.

Que esa noche te quedes con las ganas de simplemente dormir con el, y descubras que a él le ha pasado lo mismo.

Tener éxito para mi, es pasar el primer fin de semana compartiendo las sábanas contigo, y que sin tener sexo me sienta  en un orgasmo eterno. Mirarte a los ojos, y que un escalofrío empiece desde mi barriga a recorrer todo mi cuerpo.

Descubrir que puedo hablar contigo de todo, hasta de mis cosas más intimas y que me daría vergüenza contarle a nadie. Y ver que todo es tan fácil: símplemente tengo que dejarme llevar…

…Pero quiero confesarte una cosa: no tengo experiencia en estos temas. No tengo experiencia en sentir por alguien lo que siento por tí. Por eso me comporto como un crío pequeño: quiero enseñarte todo, compartir todo, pasar todo el tiempo contigo, besarte, hablarte, acariciarte, comerte, dormirte, abrazarte, sentirte, olerte y desearte. Me paso las horas mirándote, simplemente, mientras duermes.

Sé que te estoy agobiando, que quiero ir demasiado rápido para tí, y lo siento. Para mí está siendo todo nuevo. Sentirme querido, estar feliz solo por verte, desear lo mejor para tí sin condiciones, es algo que no he sentido nunca por nadie. Al menos no a este nivel. Sólo te pido que cuando sientas agobiado, me lo digas, y al mismo tiempo, te pares un segundo, me observes e intentes ponerte en mi lugar.

Nunca he sido capaz de controlar mis emociones. Si estoy alegre, me lo nota todo el mundo. Si estoy triste, o enfadado, también. No puedo disimularlo, es algo que me supera. Soy así.

Es por eso que contigo no consigo disimular lo que siento para adaptarme a tu ritmo.

¿Recuerdas carta abierta? Léela de nuevo, por favor. Cuando la hayas leido, quiero que sepas que para mí eres todo lo que pido en esa carta, y más. Has aparecido en mi vida de casualidad, sin esperármelo, y lo has hecho para ponerme patas arriba todo.

Porque me has llenado de vida. Porque disfruto cada segundo que paso contigo. Porque sólo con recibir algo tuyo me alegras. Porque me has descubierto sensaciones y emociones que ni sabía que tenía. Porque sólo con verte me haces feliz.

¿Entiendes ahora mi miedo? Somos personas, es normal que tengamos miedo de perder aquello que queremos mucho.

Y yo tengo miedo de perderte, porque me ha costado 27 años encontrarte.

TE QUIERO.